El gran pendiente de la recuperación de la memoria mexicana. Primer acercamiento: José Emilio Pacheco

La nostalgia es la waltdisneyzación del pasado.

Es muy distinta la memoria que no idealiza

ni disfraza. (JEP en La Jornada)

Pacheco

José Emilio Pacheco: la perdurable crónica de lo perdido

Diego José

La jornada (documento completo)

Martin Heidegger considera a la misión del poeta como un testimonio de su “pertenencia a la tierra”. El sentido que Heidegger le atribuye a la poesía tiene que ver con la idea de adentrarse en las cosas para captar la vibración inspiradora de la realidad, es decir, hacer palpable la exaltación de pertenecer al mundo. Que la biografía de un poeta se encuentra en sus libros es –en el mejor de los casos– una afirmación cierta. La vida nutre a la literatura como las lecturas alimentan a la vida. José Emilio Pacheco es un hombre de letras porque ha vertido su experiencia en la literatura. Su obra puede apreciarse como la declaración de su situación en el mundo.

En la obra de José Emilio Pacheco se manifiesta que la función del poeta es la de consagrarse por completo a la existencia, como se lee en “Legítima defensa”: “Tenemos una sola cosa que describir:/ este mundo.” Claro que nuestro tiempo presenta signos evidentes de deterioro frente a los cuales apunta su poesía como un arma contra el olvido. Su obra alude a una honda sensación de la pérdida, donde lo único que permanece es lo que perdemos; así lo anuncia desde Los elementos de la noche (1958-1962): “Todo lo que has perdido, me dijeron, es tuyo.” Este tenor evoca lo transitorio y roza la memoria con su lamento: El mundo suena hueco. En su corteza/ha crecido el temor. Alguien, a veces/ puede creerse vivo. Pero el tiempo/ le quitará el orgullo y en su boca/hará crecer el polvo, ese lenguaje/ que hablan todas las cosas.”

(…)

Su mordaz atrevimiento consiste en hacernos ver que el universo está en expansión, que sólo somos un instante y que todo regresa al origen: lo que surgió del caos se volverá nada (…) “Sólo es eterno el fuego que nos mira vivir./ Sólo perdura la ceniza./ Funda y fecunda la transformación,/ el incesante cambio que manda en todo.// Sólo el cambio no cambia y su permanencia/ es nuestra finitud.// Hay que aceptarla y asumirla: ser/ del instante,/ material dispuesto/ a seguir en la rueda del hoy aquí// y mañana en ninguna parte.”

El hombre que transita por las páginas de El silencio de la luna está descubriendo lo que del mundo queda. No puede negar su “pertenencia a la tierra”, ni sus antipatías y duelos, pero evoca la memoria y recolecta los restos de la historia para contemplar su perpetuo fluir.

***

José Emilio Pacheco: un mundo sin víctimas

Luis Hernández Navarro

La Jornada (documento completo)

(…)

Pacheco deletrea las identidades de México a través de su historia reciente. Sus escritos navegan las turbulentas aguas de la memoria colectiva sin hacer concesión a los lugares comunes. En su escritura el pasado está vivo; es una herramienta formidable para el análisis del presente y el escrutinio del futuro.

Sus versos y relatos narran el espíritu de una etapa terrible, mucho mejor que multitud de libros académicos. Sus poemas nos emocionan, porque, como afirmaba T. S Eliot, significan algo.

Sin ser un militante, impulsado por sus convicciones éticas, José Emilio Pacheco ha acompañado o apoyado muchas de las luchas sociales y políticas progresistas que con el paso de los años se convirtieron en parte del calendario cívico del país. Su firma puede encontrarse en muchos de los manifiestos en que los intelectuales han fijado posición ante lo que pasa tras la ventana, en la calle.

Su obra se alimenta de, recrea y nombra, de forma directa, algunos de esos episodios. Lo mismo marcha junto a Carlos Monsiváis, Sergio Pitol y José Revueltas en apoyo a ferrocarrileros y maestros a finales de los años 50, que participa al lado de escritores y pintores en una huelga de hambre para exigir la libertad de los presos políticos, a comienzos de los 60, o se incorpora como fundador del periódico La Jornada. Ese compromiso lo ha llevado a escribir: no quiero nada para mí:/ sólo anhelo/ lo posible imposible:/ un mundo sin víctimas.

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Lo único que permanece es la memoria

Arturo Jiménez y Mónica Mateos-Vega

La Jornada (documento completo)

Durante el diálogo con el público [en la XXX Feria del Libro del Palacio de Minería], Macotela abrió la sesión de preguntas al interrogar al poeta sobre la que ha sido su obra más leída: Las batallas en el desierto, y sobre la imagen que guarda de la ciudad de México, 30 años después de aquella primera edición.

“Es una tristeza enorme. Es una falta de respeto para los seres humanos tener una ciudad fea, horrible, que se ha vuelto inhabitable. Lo único que permanece de aquella ciudad es la memoria que guardamos de ella.

La ciudad que escribí en 1981 era ya una ciudad que no existía. Pero ahora, la ciudad que existía en 1981 tampoco existe ya, respondió.

Un joven lector mostró inquietud por el concepto de la memoria como recuerdo y como olvido en la obra poética de Pacheco, a lo cual el novelista respondió: Es que toda la poesía es memoria.

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